Sarajevo es una de las pocas ciudades donde puedes cruzar la frontera entre dos civilizaciones literalmente en un solo paso — en la calle Ferhadija, el bazar otomano a un lado y la arquitectura austrohúngara al otro, sin ningún tipo de advertencia. La ciudad de 275.000 habitantes aún lleva las huellas visibles del asedio de los años noventa: agujeros de bala en las fachadas, las 'rosas de Sarajevo' en el hormigón, museos que no dramatizan sino que simplemente documentan. El café bosnio no es aquí una cuestión de costumbre sino de ritual — llega en džezva, acompañado de un terrón de azúcar y un vaso de agua, y se toma despacio. Si buscas un lugar donde la historia no está solo en los museos sino que sale a la calle en cada esquina, Sarajevo es exactamente eso.